Ira de ArenaIra de Arena"Ira de arena

( contiene speciale sui territori occupati città

 di El Ajoun-Sahaha Occidentale)

 

di Umberto Romano

Traducción de Salvador Pallarès-Garí

Fotos de Giorgio Fornoni y Manfredo Pinzauti

Luglio 2000 - 106 pagine, Euro 10,00

 

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Introduccion

 

“No conozco la tierra de los saharauis, conozco apenas su historia. La historia de uno de tantos pueblos que el colonialismo y el desprecio de los acuerdos internacionales de parte de las llamadas grandes naciones constriñen desde hace años al exilio.El exilio de una tierra dura, inhóspita, inhabitable, el desierto argelino, que solamente el orgullo y la voluntad de independencia han convertido en un simulacro de “patria” temporal. Leyendo Ira de arena de Umberto Romano, recorriendo el viaje que el autor ha realizado y que nos propone en este conciso libro (conciso, pero lleno de ideas y de magníficas imágenes), se ha apoderado de mí una curiosidad devoradora: La de saber quiénes son estos hombres y estas mujeres, bereberes, físicamente bellos y moralmente fuertes, extraordinariamente enraizados en una indentidad y en una cultura que ni veinticinco años de guerra y de exilio en el Sáhara han rasguñado. Con el transcurrir de las páginas, se nos presentan ante nuestros ojos porciones de la vida cotidiana, recuerdos de los duros conflictos, peregrinaciones y tercos asentamientos y, sobre todo, la sensación de una resistencia profunda que rechaza cualquier contaminación y alimenta la esperanza, la voluntad de recuperar la independencia de su tierra.

En estos relatos transcritos aflora su realidad, el trabajo inagotable para dar a conocer su causa al mundo entero, la esperanza de organizar finalmente, bajo la égida de la ONU, un referéndum prometido pero nunca realizado; la pasión por hacer crecer a sus niños fuertes y preparados para ser, el día de mañana, la clase dirigente del pueblo saharaui. Escuchamos sus peticiones de solidaridad: obtener ayuda material, poder enviar a sus niños a países democráticos para que obtengan la experiencia y la instrucción que la vida del desierto argelino no les permite. También a través de un escrito hecho de relatos y de poesía (y también de cronología histórica bastante precisa), me he sentido pegado como una lapa: pringado, conmovido y enfurecido. Sí, enfurecido por la injusticia que un pueblo tan civilizado, si bien sobre parámetros diferentes a los nuestros, está pagando duramente con su carne, sin que nunca haya cometido ninguna ofensa a nadie. Enfurecido porque intuyo las torturas y las violencias que se consuman en las cárceles marroquíes sobre jóvenes saharauis, porque veo cómo tantos de ellos han “desaparecido”.

Es un libro para leerlo y para hacerlo leer. El autor lo ha escrito como un diario, como una historia de encuentros. Como una especie de llave para hacernos comprender porqué los saharauis tienen derecho a su tierra, a su identidad, a su libertad. Para que quede claro, a todos nosotros, que una ira de arena es algo que solo puede ser aplacado con la justicia”.

 

ALESSANDRO CURZI

 

 

 


 

(pagine tratte da Ira de Arena )

 

No había podido conseguir olvidar la mirada triste y ceñuda del hombre que tenía sentado enfrente, sentados los dos sobre alfombras, en la tienda ajada en el desierto de la Hamada, en el Aaiún, en la daira de Dora. Él vestido con su sufi de color gris, con la cabeza envuelta en el turbante negro, con los pies descalzos y yo con mis vaqueros, mi camisa a cuadros y el chaleco tipo safari: dos hombres provenientes de dos mundos diversos, con historias diversas, pero que, de todas maneras, vivían en este tiempo, en el lindar del tercer milenio.

Mohamed Chej Beidella, era el nombre del poeta, del contador de historias de la tragedia de los saharauis. Era diciembre de 1996 y, mientras recitaba sus versos de memoria: Este pueblo ha salido con las manos vacías…, me miraba fijamente y, aunque yo no comprendía el significado de sus palabras pronunciadas en árabe, en hassaniya, me sentía preso de un escalofrío a lo largo de la espalda. Comprendí entonces que podía salir del círculo vicioso al que nos empuja la sociedad de consumo que nos hemos construido, convirtiéndonos en insatisfechos permanentemente con su imposición de continuas solicitudes. Tantos deseos para satisfacer, tantas futilidades que hacen desaparecer el verdadero significado del vivir común.

 

Regreso a Tinduf (Argelia)

Eran las tres de la madrugada y nuestras caras estaban iluminadas por los focos. Habíamos acabado de llegar a Smara, llenos de polvo, cansados y medio dormidos. Un viaje hecho a bordo de uno de los camiones de la dotación del ejército saharaui. El responsable italiano de nuestro grupo, "el Maurizio de siempre…", estaba discutiendo con el militar saharaui de guardia en la recepción de la wilaya de Smara. ¿En qué lengua? Nuestro español arreglado, acompañado por el movimiento (gesticular) elocuente de las manos.

El problema era si nos llevaban a aquellas horas a casa de las familias que nos tenían que acoger, o bien esperábamos a la mañana. Ya que no queríamos abandonar la idea de ir a dormir que nos importaba más que la de ser alojados junto con los militares en sus caserones, construidos de bloques de arcilla seca, el militar pacientemente nos acontentó, no sin despertar a los anfitriones de la tienda avisándoles de nuestra llegada.

Esperábamos sentados en el suelo, sobre la arena fría. Miré alrededor la cantidad inmensa de tiendas, parecidas a pequeños cráteres lunares; el campamento estaba iluminado por una luna rodeada de millones de estrellas, tan cercanas que parecía que iban a caérsenos encima. En aquel momento me di cuenta que, tras un largo viaje que había durado un día, había regresado con los saharauis. Todo esto acaecía el seis de abril de 1999, al alba , cuando faltaban dos días para la vigilia de Pascua.

Aquí, en el extremo Suroeste de Argelia, unos 200.000 refugiados luchan para sobrevivir en la parte más inhóspita del gran desierto del Sáhara: "la Hamada."

A causa de la larga ausencia de los hombres, enrolados en la sangrienta lucha de liberación, que dura ya más de veinticinco años, el papel de la mujer ha crecido, no sólo respecto a la maternidad, sino también respecto a la función de única educadora de los hijos. Muchas de ellas están comprometidas activamente en la administración de los campamentos.

Una de ellas era Suad Lagdaf. Yo la había conocido en Messina el año anterior, durante una de las iniciativas socioculturales en favor de los saharauis. Me impresionó el modo de hablar de su pueblo, el ímpetu en la manera de contarme la historia. El calor, la rabia, que sabía dar a sus palabras me había transportado a su mundo. Fue entonces cuando me decidí a dedicar otro libro a este pueblo.

Mi relato empieza justamente aquí, con la historia di Suad Lagdaf, con las palabras inflamadas por la rabia y con el calor de una mujer saharaui…

 

Recordar para no morir olvidados…

 

"He oído hablar de gente que tiene recuerdos remotos, lejanísimos, perdidos en sus primeros días de vida. En mis ojos de niña parece que no se ha quedado nada o, tal vez demasiado, en un solo día que no deja espacio para otras cosas.

De mi tierra, ahora censurada por un muro de arena, piedras, minas y alambradas, guardo algunos resplandores, algunos flash destrozados. Una casa pintada de verde, la puerta de hierro que rozaba el pavimento y la gente, tanta gente en aquella casa de El Aaiún (la capital). Con los animales que nos regaló el tío, los trajo de las montañas para su Suad: una gacela, un simio y un gato. Después los cuentos de la abuela, las salidas para el pic-nic de primavera que vaciaban todas las ciudades, de Dajla, que mira al mar, a Bu Craa, con sus yacimientos de fosfatos y Smara, la ciudad antigua.

Pero después, la guerra, la confusión, los llantos, por algo que no comprendía, llegan los marroquíes, yo no entiendo nada. Tenía cinco años el día que comenzó el exilio de mi pueblo con un título bien bonito: "Marcha verde”. La población se sublevó contra el agresor. Una lucha desigual. Los responsables que guiaban el Frente Polisario decidieron entonces conducir a la población civil fuera del territorio del antiguo Sáhara español, el único modo para continuar existiendo. Las ciudades asediadas se convirtieron en grandes campos de concentración. El éxodo fue muy duro (sobre todo para las mujeres, los niños y los ancianos), la gente para escapar usaba cualquier vehículo: camión, caballos o sólo la fuerza de las propias piernas. "Aquellos días han llenado toda mi memoria de niña, le han dado el color, el rumor, el sabor de la arena que abrasa la garganta, el miedo de las cosas que escapan y no quieren volver, tal vez con tantas imágenes, inolvidables".

Recuerdo a los militares del Polisario que nos ayudaban a subir al camión: "¡rápido! ¡rápido!" decían. Yo no comprendía el porqué de tanta prisa, "¡rápido! ¡rápido!" Algunos habían sido capaces de traerse algunas pertenencias con ellos, otros nada. En el camión yo estaba entre los brazos de mi abuela. Mi madre estaba con otra gente en otro camión. No recuerdo si me dormí, o si sólo tuve tanto miedo, o las dos cosas a la vez. Estaba abrazada a mi abuela, esto era lo único que importaba. Estruendo de motores, cosas amontonadas, sobresaltos continuados, lo mismo sucedía también a nuestros huesos y a nuestros estómagos, pero nadie hablaba. No sé cuántos éramos ni cuántos días pasaron, recuerdo sólo que, en un momento dado, mi abuela me gritó para que bajase del camión.

Era por la mañana temprano y todos buscaban rápidamente refugio entre los hierbajos. Estaban llegando aviones enemigos que trataban de interrumpir nuestro viaje bombardeando con napalm? las columnas de camiones. Tuve mucho miedo y desde entonces no he podido quitarme de encima este miedo.

Desde nuestro escondite veíamos cómo los aviones nos buscaban bombardeando cada vez más cerca de nosotros. ”Veíamos cómo explotaba y se quemaba la gente y la tierra". La confusión era inmensa, la gente gritaba y los otros niños lloraban; después oí como nos llamaban, era la voz de un soldado que nos decía: "¡Continuad en el suelo, son aviones marroquíes! Bombardean con fósforo y napalm?, nos quieren matar".

Grité muy fuerte. Pero no era la única, tantos otros niños chillaron conmigo. Pero la voz más fuerte era la del napalm? y la del fósforo. Los cuerpos destrozados saltaban por doquier. Tuve miedo, un miedo claro que se leía en mis ojos, como en tantos otros ojos vecinos a mí, que pedía auxilio a Dios. El ataque duró un buen rato, apenas acabó toda la gente comenzó a moverse en búsqueda de los familiares y de los amigos. Con la abuela, yo buscaba a mi madre por todas partes. Pero encontrábamos por doquier únicamente cuerpos sin vida, y mi pánico aumentaba. No comprendía nada de aquello que sucedía, sólo tenía mucho miedo.

El recuerdo de aquel día ha llenado mis ojos de niña, se ha quedado como una pesadilla recurrente que por las noches me hiere todavía. Finalmente nos dijeron que habíamos llegado. Pero ¿dónde? Aquella primera noche se grabó en mi memoria. Habíamos llegado a una tierra desnuda, sin casas, sin tiendas, nada. Sólo frío y viento. Una tierra sin nada, pero también sin aviones y sin bombas y sin cuerpos muertos. Con el instinto de niña pensé que los aviones volverían pronto, por eso no se me ocurrió ponerme a jugar y me quedé en el regazo de mi abuela.

Estábamos en el "Campo de Refugiados" saharaui en el desierto argelino, cerca de Tindouf. Mi madre, junto con otra gente, estaba organizando los preparativos para comenzar a levantar las tiendas y la distribución de la comida traída del Sáhara Occidental y la que nos proporcionaron los argelinos. Pienso que sólo entonces tuve el coraje de decir: “tengo hambre”. No recuerdo todo lo que sucedió durante los días que siguieron a nuestra llegada, pero recuerdo que de la nada, aparecieron las tiendas.

Hacía unos pocos meses que estábamos en los campamentos, el tiempo de ver a mi gente, a los niños, a mi familia. Era una noche fría, ciertamente más que las otras. Mientras comíamos arroz mi madre me dijo: "Debes irte para estudiar... irás a un país amigo de donde volverás adulta y con una cultura..." Yo no entendía nada, no lograba imaginar irme otra vez, abandonar de nuevo a las personas que me eran más queridas, vi entonces a mi abuela llorar y yo me puse a llorar.

Todo esto sucedía en diciembre del 76, yo tenía seis años. Partí hacia una ciudad de Argelia con tantas otras niñas saharauis, algunas de mi edad y otras mayores. Pensad en una niña de seis años que no sabe por qué ha tenido que marcharse a una ciudad argelina, sin su familia. Mi corazón estaba repleto de lágrimas y mis piernas caminaban automáticamente, sin que yo las dirigiera.

Por cinco años no volví a los Campamentos de Refugiados de mi gente; el único contacto, para mí y para las otras niñas, eran las cartas. Éstas tenían que ser para todas nosotras, si no la tristeza y la melancolía se sentían más fuerte.

Con el tiempo y con el paso de los años comencé a comprender las cosas, pero poco a poco.

Con nosotros vivía un maestro saharaui y cuatro mujeres que le ayudaban. Los días de fiesta nos reunía y nos hablaba del Sáhara Occidental, de nuestro pueblo y cuáles eran las perspectivas para nuestra independencia. Con palabras suaves y comprensibles nos hizo siempre mantenernos cerca de nuestro pueblo, de las familias, y así permanecimos siempre muy ligadas a nuestro país.

Cuando algún saharaui venía a visitarnos, lo primero que yo preguntaba era por nuestra tierra y cómo iban las cosas, después preguntaba por mi familia. Nuestro maestro sembró en nosotros el alma y el amor por nuestra patria, porque el futuro de nuestro país éramos nosotros y por tanto para nosotros lo único importante eran los estudios. Y sólo pensábamos en eso.

Yo tenía once años cuando, al cabo de cinco años de estudios, en el verano del 1981, finalmente, decidieron hacernos regresar a los campamentos, con nuestras familias, por un periodo de vacaciones durante el cual nosotros nos ocuparíamos de actividades diversas para ayudar a nuestra gente. En el momento de la partida todas nosotras estábamos felices, finalmente, al cabo de tanto tiempo, volvíamos a encontrarnos con nuestras familias, pero estábamos tristes por tener que abandonar las personas que por cinco años nos habían seguido y educado. Fue al final un adiós doloroso.

Tras un largo viaje llegamos finalmente a los Campamentos de Refugiados. Hacía mucho calor y no nos encontrábamos bien porque no estábamos habituadas a aquel clima. Apenas llegamos nos acompañaron a la "Escuela 27 de Febrero", que recibe el nombre de la fecha de proclamación de nuestra República (RASD). ¡Qué felicidad podía verse en los ojos de las mujeres de la escuela y en los de aquella gente!

Recuerdo la escuela, muy organizada, como un pequeño campamento y las mujeres que vestían todas igual. Aquella tarde nos quedamos en la escuela. Tras haber descansado del largo viaje esperábamos que se iniciaran los festejos por nuestra llegada, cuando una mujer vino a nuestra tienda preguntando por Suad. "Soy yo", contesté. Me dijo que mi madre estaba en la escuela y que vendría enseguida. Yo no sabía qué hacer, me pareció una espera infinita, mi madre estaba a pocos pasos de donde yo me encontraba, a pocos minutos. Finalmente llegó, tenía el mismo vestido que usaban las otras mujeres, abrazó a las otras mujeres y, por fin, a mí. Le pregunté por la abuela, me respondió que todos estaban bien y que al día siguiente, iríamos a ver a la familia. La noche pasó en un instante, el silencio del desierto era para mí una novedad, como su clima y su sabor, pero me sentía en mi casa, finalmente con mi familia, mi gente. La mañana siguiente llegamos al campamento de Smara a bordo de un camión. Todo el mundo estaba en casa para recibirnos, mujeres, niños, aquello que sentí en aquel momento es indescriptible, un sentimiento muy bello. Nada que ver con lo que me esperaba.

Una niñita se acercó a nuestro grupo preguntando por su hermana Suad. "¿Tú quién eres?", le pregunté. "Kabara", respondió. Era mi hermana, nos abrazamos. Dijo que la abuela y el resto de la familia me esperaban, la seguí con gran gozo en mi corazón. Encontré finalmente a la abuela, a la tía, y a tanta gente que vivía con nosotros, y lo único que puedo recordar son las lágrimas de felicidad en los ojos de todas aquellas personas, así como en los míos.

No puedo explicar todo lo que experimenté en aquel retorno a mi casa al cabo de cinco años, dejo que vuestra imaginación componga la escena de este encuentro. Quisieron saber todo de mí, y yo de ellos, de su dura vida en el desierto y de la mía en la escuela de Argelia, la sed y las dificultades de los campamentos y el frío y la nieve en las montañas de mi escuela. Días de palabras y de alegría, de abrazos intensos para no olvidar ni un sólo instante.

No vi a mi padre en esta ocasión, supe que estaba preso en Mauritania. Todos esperaban el ya próximo acuerdo de paz con Mauritania para verlo regresar. Intercambiaban a nuestros seres queridos con los presos mauritanos. Me disgustó mucho no poder ver a mi padre, porque hubiera podido hablar con él de mis maestros de Argel. Mi madre me dijo que no era la única que no podía ver a su proprio padre, otras chicas tenían también a sus padres en la guerra o presos de Marruecos o, incluso, muertos.

Cuando acabó nuestro periodo de vacaciones volví a la ciudad argelina de Afige, esta vez para cursar estudios superiores. En esta ciudad acabé los estudios secundarios y después me trasladaron a Orán para continuar con los estudios universitarios. Aquí obtuve el diploma de profesora de literatura árabe en Julio de 1988.

Ya habían pasado los años, y los miedos infantiles se quedaron en los sueños y en los recuerdos. Lo que me esperaba era la vida en los Campamentos de Refugiados con un trabajo duro, exigente, pero bellísimo, mi trabajo de docente. Enseguida sentí la fuerte responsabilidad que ello comportaba, fuerte y pesada, pero lo más bello que he experimentado es el haber contribuido a la preparación de las generaciones futuras. En los campamentos no existe el tiempo, todo está ligado al esfuerzo por conseguir nuestro objetivo, con cada gesto y momento, y no es un esfuerzo ciego o desesperado. Tenemos que sobrevivir en un lugar inhóspito, y de aquí encontrar la fuerza y la esperanza para un futuro, el de después de la liberación de nuestra tierra, que tendrá necesidad de gente viva, consciente y ciertamente no resignada.

Si habéis seguido mi relato, os acordaréis que he hablado de mi hermana Kabara. Esta era mi única hermana, diabética. Ella ha estado muchas veces en Argel para tratarse. Después, el Comité de solidaridad con el Pueblo Saharaui de vuestro país la invitó a Italia, como se hace con los niños con problemas, para que se curen. Los niños son acogidos por familias, y ella fue acogida por una familia italiana, Giovanni y Silvia. Al cabo de un año volvió con ellos a los Campamentos de Refugiados, con ocasión de la XI Caravana de Solidaridad que salía de Italia. Esta visita nos volvió locos de felicidad. Finalmente toda la familia junta. Incluso mi padre que había vuelto de la cárcel tras el tratado de paz que Mauritania había firmado con el Frente Polisario, restituyendo la región interior del Sáhara Occidental, y, con Marruecos, estaba en vigor el alto el fuego para poner en marcha el referéndum de autodeterminación. Fue un encuentro muy lleno de gozo. En aquel breve periodo se encontraron dos mundos, el nuestro y el que mi hermana había vivido durante tanto tiempo. Era una sensación particular, sólo entonces nos dimos cuenta de cuánto eran distintas las cosas y, al mismo tiempo, entonces nos dimos cuenta de la cantidad de cosas que eran diferentes entre nosotros y, al mismo tiempo, de todas aquellas cosas que, poco a poco, no correspondían a aquel gesto de acogida recíproca. Había nacido, de hecho, una nueva familia, sin lazos oficiales de parentesco, pero con un fortísimo lazo afectivo. Al cabo de dos semanas la familia italiana regresó a su país, y Kabara se quedó en los Campamentos con la familia; yo volví a mi trabajo docente. Estábamos menos solos, a pesar de la distancia.

Un día, que nunca olvidaré, estaba con otros maestros, en una reunión con los estudiantes. Un responsable de la escuela me vino a buscar diciendo que mi madre me quería ver enseguida, le pregunté si me podía cambiar el vestido, él con la cara triste me dijo que sí. Me cambié y subí al automóvil que me esperaba. Me hicieron bajar lejos de mi tienda. Les dije que continuaran, que vinieran a la tienda para tomar un té. Me contestaron que vendrían más tarde. Jamás había visto el campamento tan gris, tan silencioso como aquel día; tenía la impresión de que todas las cosas me estaban mirando, que estaban esperándome. Cuando llegué a la tienda, la primera persona que vi fue a mi tía. Le pregunté dónde estaba mi hermana:

"En la tienda", contestó. "¿Y la abuela?". "En la tienda". Sentía que me ocultaba algo, sentía el silencio y la pesadez de las respiraciones, una calma muy similar al dolor. Entré y Hebba, mi madre, me dijo que por la noche había muerto Kabara. Las palabras de mi madre no se detuvieron en detalles y yo no tenía la fuerza para oír otra cosa más que el sonido casi mecánico de su voz, Kabara era mi única hermana, encontrada y perdida como un soplo de viento, por una enfermedad banal, pero en un lugar en donde todo es difícil, complicado por la guerra, por las distancias, por la voluntad de unos pocos interesados en seguir sin querer escuchar nuestra voz.

La familia italiana regresó por una semana que fue toda de dolor. Ellos también tienen la misma necesidad que nosotros. Sentimos que estamos muy ligados a ellos. Son el símbolo de que Kabara siempre estará viva. Mi madre dice siempre que Kabara vive en Italia pero que ahora se llama Silvia. Nos hacía felices el hecho de que ella nos hubiese dejado esta amistad a nosotros.

Y ahora estoy aquí, en Italia, invitada por ellos, vivo con ellos en su misma casa como un familiar más. Es algo natural. Mi idea es la de continuar estudiando, y ¿dónde podía ir sino con mi familia? Y es la primera vez que, lejos de mis padres, no me siento en el exilio o extranjera en una casa por otra parte tan lejana del Sáhara Occidental.

Así pues, soy Suad, hija de mi pueblo, y yo, como todos los que han sufrido el colonialismo, no nací con el pan bajo el brazo. Mantendremos siempre la esperanza como una candela encendida en nuestro futuro".[1]


 

 

El relato de Suad, que seguía resonando en mis oídos, fue lo que me empujó a acercarme a donde ella había vivido, a aquella parte del mundo, a los campamentos de refugiados saharauis, al campamento de Smara.

Así pues, ya había llegado a la tienda de su madre, Hebba, una de las mujeres líder del pueblo Saharaui. Había vivido todos los momentos trascendentales de la tragedia de su pueblo, desde los primeros movimientos por la liberación del colonialismo español a la invasión del ejército marroquí, la huida hacia el territorio argelino, la organización de los campamentos, su participación activa como mujer-militar. Ahora estaba aquí, en su tienda de Smara, Tifariti Barrio 3, junto con su marido. A las cuatro de la madrugada nos estaban preparando dos colchonetas por tierra, para que durmiésemos. Cuando nos dio las buenas noches, pensé que hasta el día siguiente no hablaríamos de Suad, que se había quedado en Italia.

Sin embargo, a pesar de todo, flotaba siempre aquel pellizco de “ira de arena” en la oscura tienda iluminada por el inmenso cielo estrellado, la idea de que a pocos centenares de kilómetros, en dirección del océano Atlántico, existen las que, tiempo atrás, eran las verdaderas ciudades de los saharauis, que aquí han sido reinventadas para no sentirse olvidados, para no morir sin tierra, como para poder decir: "Yo he nacido en El Aaiún" y no en medio del desierto anónimo, con la esperanza de poder seguir diciendo un día, ya de vuelta a la verdadera: "Yo he nacido en El Aaiún". La verdadera; la que se encuentra a la orilla del Océano Atlántico…

 


 

[1] Suad Lagdaf, Un cucchiaio di oro in bocca, en “ Società di Pensieri” 1997

(“Una falsa esperanza”)